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Desordenada Habitación

El último viaje (A toda la gente que ha sido algo en mi vida)

El último viaje (A toda la gente que ha sido algo en mi vida) Se acercaba el final del verano y los colores del cada vez más próximo otoño ya se iban dejando ver poco a poco en las calles de Madrid. Todo se iba empapando con ese típico olor a húmedo que emana de los árboles, preparándose para lo que será volver a morir.

Hacía algo de brisa en Madrid a pesar de estar todavía a principios de Septiembre, y mi barrio no era una excepción. El parque donde había pasado mi adolescencia se había convertido en un desierto de basura y cemento, pero allí estaba yo sentado, esperando a que aquellos que compartieron todo conmigo aparecieran por el camino que tantas veces hicimos juntos y que, ahora, sólo era un recuerdo más, uno de cuantos pasaban por mi cabeza sin orden ninguno y que me hacían sentir triste.

Hacía mucho tiempo que había marchado y tenía miedo de todo lo que podía pasar en cuanto les viera venir. ¿Qué les diría después de tanto tiempo? Que se acordaban de mí, eso era lógico, pues la llamada de teléfono me lo confirmó, pero el chico con el que hablé distaba mucho de aquél con el que pasé los mejores años de mi vida. Se le notaba la edad en su expresión, y no por viejo, sino por la madurez impuesta por el paso de los años y por tener que ganarse la vida. Ese nerviosismo que me embargaba lo esperaba sentir en él cuando me viera allí esperando.

En aquellos momentos se me atropellaban los pensamientos en mi cabeza. Tantas imágenes vislumbraba que parecía que iba a morir y viera desfilar mi vida frente a mis ojos en unos pocos segundos. Todos los que llenaron mi existencia con su compañía, tantas cosas que pasamos juntos...
Todavía hay momentos en los que daría todo lo que tengo por volver a esos años en los que los sueños de uno eran lo trascendental, y cada circunstancia que se planteaba se asemejaba a una increíble decisión en nuestra vida, a pesar de ser, en muchos casos, simples percances de adolescencia. Así recordaba los años que viví en este barrio, donde la implacable huella del tiempo parecía no llegar nunca, pero que nos sorprendió un frío día de invierno en el que nuestros caminos se separaron para siempre.

Aún puedo recordar el momento en el que todo comenzó, y también el que puso fin a nuestra historia, pero a pesar del paso de los años, todavía no sé cuál fue el salvador y cuál el villano, porque si uno nos llevó a compartir los sueños, alegrías y llantos de adolescencia, el otro nos evitó un enfrentamiento entre los que un día habían sido como hermanos. Demasiadas tensiones que hicieron desaparecer poco a poco el deseo de ser amigos para siempre como en las películas que siempre veíamos en televisión.

Ahora todo era distinto. Miré al horizonte aún algo confundido y ya no vi aquellas riadas de hojas que iluminaban las calles del barrio en otoño haciendo del triste alquitrán una manta de colores marrones y amarillos que transmitían un sentimiento de tranquilidad a todo lo que ocurría en esa época de nuestras vidas. Las cosas sucedían de forma vertiginosa y espontánea. Y eso nos hacía ser felices. Ya no era capaz de sentir aquella brisa fresca que acariciaba nuestras palabras, ni de saber ver en el cielo los tonos verdes y rojizos que se solían entremezclar antaño en mi retina. Pensé entonces: ¿qué demonios me ha hecho el tiempo?

Y fue allí donde me di cuenta de que el sueño que siempre me había acompañado había muerto en el mismo lugar en el que lo vi nacer. En aquél parque desheredado de su alegría por los años y el hombre. En ese césped extinto que no se acordaba de nuestras historias de juventud.

En ese preciso instante apareció a lo lejos mi amigo. Ése que parecía que nunca iba a faltar, que siempre me acompañaría, estaba a unos cien metros, pero yo supe que era él porque no dudó en recorrer el camino que con los años hicimos nuestro. Su porte era recio y la vida estaba marcada en su rostro. Cuando estuvo a una distancia considerable sonrió levemente sin frenar el paso. Me dio un vuelco el corazón, y, al levantarme con esa sensación de vacío que nunca antes había tenido, nos fundimos en un abrazo. Allí, en el parque, todo pareció cobrar vida de nuevo por un instante, y al separarnos, los colores se perdieron de nuevo en el gris melancólico que ofrecían nuestros corazones. Lo noté en su mirada perdida y en su cara. Ese momento mágico era producto sólo de recuerdos, y ahora, frente a ambos, estaba el presente. Y no era muy esperanzador.

Sin mediar palabra alguna se sentó a mi lado y nos dispusimos a esperar a los demás, acariciando la hierba sin mayor diversión que el pasatiempo de muchos años atrás. Las hojas secas de los árboles con sus crujidos hacían las veces de las ansiadas palabras que éramos incapaces de pronunciar. Nos mirábamos y sonreíamos pero ya sin la magia de la amistad que un día nos unió. Así fue como descubrí que él también sentía en su interior el olvido que provoca la rutina de hacerse mayor, la tristeza de pensar de saber que llega un momento en el que las locuras no están permitidas y en el que nos perdemos en el mar de las dudas que ofrece nuestro alrededor.

La tarde llegaba a su fin y parecía que lo que estaba previsto como la reunión que todos hubiéramos deseado se iba a convertir en algo mucho más desolador y solitario. Cuando mi corazón no soportó más aquel silencio miré por última vez a mi amigo y me dispuse a levantarme. Observé en su faz una expresión angustiada y que luchaba por explotar. Me miraba fíjamente y con los ojos brillantes por las lágrimas que contenían. Sin mediar ni un momento más, cortó mi movimiento y, aferrándose a mi brazo, preguntó entrecortadamente: ¿Por qué?

Parecía que el tiempo se detuvo en ese instante. Los sonidos que transportaba el viento cesaron y yo me desplomé de nuevo en la hierba como un saco. Me volví hacia él y la vi. Vi la mirada que yo recordaba en lo más hondo de mi ser, la mirada de eterna confianza en sus ojos. También había una mano todavía tendida en dirección a un amigo perdido que había vuelto después de mucho tiempo. Sentí que el muro que la rutina levantó entre nosotros se podía derribar. Tal vez la vida nos quería dar otra oportunidad para luchar uno al lado del otro por recuperar los sueños perdidos a lo largo de los años. Quizá todo tenía solución.

Nos levantamos y juntos dimos el viaje de vuelta hacia lo que creíamos y sentíamos como nuestro hogar, siguiendo los pasos perdidos de una tarde de invierno. No nos importó nada de lo que había pasado antaño. Nada podría destruir lo que allí nació, ni siquiera el saber que nadie más acudió esa tarde al parque del que surgieron tantas historias, ni siquiera el parecer de los demás, que rehicieron sus vidas después de todo y no quisieron renunciar a ellas por recuperar un momento de juventud en el que todavía reinaban los sentimientos y en el que realizaban las proezas, estúpidas o no, pero que lo eran todo, y muy en el fondo, lo siguen siendo.

FOTOGRAFÍA
Sapo y Lucas en Tenerife. Verano de 1999
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